Título: Un libro para ver, una película para escribir 'El libro de cabecera' de Peter Greenaway
Por: Frida Saal
Idioma: Español
Otras versiones: Greenaway: A Book to See, a Film to Write (English)
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Trabajos en Español

Lacan ◊ Derrida


La Carta Forzada de la Clínica


Ética Zapatista, Ética Psicoanalítica


La Bella Diferencia y Más Allá


Memoria de un Olvido, o, La Sexualidad en la vejez


Greenaway: un Libro para Ver, un Film para Escribir


Escansión, interpretación y acto


El nombre del Padre como suplencia


Sueño, deseo y culpa


Frida Saal como Madre (por Clea Saal)

English Language Papers

Lacan ◊ Derrida


The forced card of the clinic


Zapatist and Psychoanalytical Ethic


The beautiful difference and beyond


A Lapse of Memory Remembered, or, Sexuality in Old Age


Greenaway: A Book to See, a Film to Write


Dream, Desire and Guilt


Frida Saal as a Mother (by Clea Saal)

Un libro para ver, una película para escribir 'El libro de cabecera' de Peter Greenaway
Frida Saal

La idea de escribir sobre esta película,me asedia desde el momento en que la vi pues, más allá del deslumbramiento que su belleza produce, el film mismo, por su argumento y por su realización, es una invitación a escribir.

El no haber tenido oportunidad de verla más que una sola vez fué uno de los obstáculos que encontré antes de disponerme a escribir. Pero no el único. Me trababa además el recuerdo de algo leído en un autor admirable: en uno de los trabajos que forman la recopilación de Lenguaje y silencio. dice George Steiner: "Al mirar atrás el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor? ¡Quién se preocuparía de calar al máximo en Dostoievski si pudiera forjar un centímetro de los Karamazov, o reprobaría la altanería de Lawrence si pudiera dar forma al huracán de El arcoiris?"

El juicio es tajante y amedrentador... y sin embargo, ¿no es la obra de Steiner la mejor desmentida de este juicio? Tal vez entre el lenguaje y el silencio sea necesario buscar y encontrar nuevas formas de decir. Quizá nos movemos en dos dimensiones diferentes. La obra y la crítica no se superponen ni se eliminan; el crítico, comentariasta o lo que quiera llamársele produce con su escrito otra cosa que no tiene porqué ser comparada con la obra misma. No se trata de un metalenguaje sino de otro decir, de decir algo diferente, por otros medios.

Y por si eso fuera poco para suspender el impulso a escribir, recordaba otra frase, ahora de Jacques Derrida, en El cartero de la verdad que nos deja en la indecisión. Aplicado al abordaje psicoanalítico del cuento de Edgard A.Poe, La carta robada, pregunta Derrida ¿Qué pasa cuando lo interpretado dice mucho más que la interpretación que se le aporta? La crítica, válida en las lecturas reductoras, corre el riesgo de transformarse en un cerrojo impuesto a la palabra. Siempre se dice más, siempre se dice menos. Ninguna lectura puede pretender ser totalizante. La única salvaguarda es renunciar a la pretensión de totalidad, y definir el margen de un análisis siempre inacabado, siempre incompleto, parcial con respecto a aquello de lo que habla.

Puestas sobre la mesa las razones de la duda, queda todavía una cuestión pendiente antes de abordar esta tarea de comentar la película. No soy crítico de cine y, si bien soy psicoanalista, sólo me autorizo para esta osadía por mi gusto por el cine.

Saltearemos para empezar la sinopsis y los aspectos formales de la película de Greenaway. El manejo de los tiempos simultáneos, la múltiple división de la pantalla y la alternancia en el uso del blanco y negro y del color, ya fueron suficiente y excelentemente tratados por los expertos. Sabemos que al hacer esto aumentamos una dificultad más a quienes no han visto la película.

Nuestra lectura se centra en el problema de la escritura y los muchos niveles en que el acontecimiento gráfico y gramatical está implícito en el film.

Desde el título nos encontramos con la sorpresa de una película que se llama 'libro'. Esto inscribe inmediatamente su elaboración en el campo de la escritura y nos lleva a descubrir la perogrullada de que toda película, sin que importe su título, es una escritura en imágenes, responde a un libro, script, guión o scénario.

Que el padre escriba en el rostro de la niña, podría llevarnos a la más banal interpretación edípica, que no por eso es menos cierta. Pero perderíamos toda la riqueza si no nos pararamos a subrayar los matices y las formas en que esto es dicho. A la escitura simbólica hay que envolverla en su vestimenta imaginaria.

Cuando el espejo se colorea sobre un fondo de blancos y negros, devuelve a Nagiko la imagen que ella tiene en la mirada amante del padre. Ese espejo muestra el modo en que cada quien recibe su presencia desde ojos ajenos, que son al mismo tiempo los más propios. Sólo desde el otro puede la imagen retornar a nosotros para proveernos de una, nuestra, siempre evanescente identidad.

El texto nos lo dice en una cita literal: "Si Dios aprobaba su creación, traía cada modelo a la vida, firmando su propio nombre" Se trata de la firma. Esa escritura que sanciona la aprobación de Dios, del padre, es la que hace posible la vida para cada quien.

Quizá aqui se devele el misterio del Nombre del Padre, porque ese nombre que llamamos propio es tan ajeno como la imagen, el nombre del padre es el que asumimos como propio a falta de Dios. Desde allí cada uno tendrá que hacerse cargo de lo que hace con esta herencia, con este don que puede ser también una maldición, pero sin cuya enajenación primera, en la imagen y en el nombre, no habría nadie que pudiera hacerse cargo de cada pequeña historia "personal".

El uso de la caligrafía japonesa como tema central de la película pone en evidencia que la letra es imagen y que la imagen es también una forma de escritura. Imagen y texto no se sustituyen, sino más bien se demuestra la intrincada relación en que ambos coexisten y se refuerzan en la escritura cinematográfica

Nos encontramos ante una concepción distinta de la escritura con referencia a lo que ingenuamente pensamos en occidente. El habla y la escritura no son lo mismo ni son diferentes; una y otra estan implicadas de manera absoluta en cada acto de lenguaje. Se trata de un bello discurso sin retórica ni intenciones magisteriles, que nos ubica de hecho en el centro de la modernidad.

Mas si hemos mencionado la escritura en los trazos caligráficos del padre, y también la escritura en la imagen del espejo, no podemos dejar de mencionar además otra escritura presente en el relato: la tía le lee a Nagiko, cada noche un fragmento del original libro de cabecera de Sei Shonagon, escrito por esta celebre cortesana hace mil años. ¿Será éste el libro original? o tal vez es en la repetición de la historia que Geenaway hace de él un original. Porque el origen nunca es originario y sólo se alcanza retroactivamente por la repetición. Decir que un relato, el de la tía, es también escritura puede llevar a acusarnos de exceso de laxitud. Y sin embargo no lo es. ¿Qué escritura más perenne que el relato reiterado de los cuentos infantiles que constituye nuestra memoria?. Y si la memoria no mereciese la dignidad de una escritura ¿qué cosa en el mundo se la disputaría con más validez?

Palabra hablada y palabra escrita hacen destino. Los judíos, en el día del perdón formulan un deseo: que un buen año te sea escrito y firmado.

Nagiko busca los amantes que sepan escribir en su cuerpo. Es que es la escritura la que despierta el cuerpo al erotismo, de los olores, de los sabores, de las presiones del deseo. Pero ¿no es acaso todo cuerpo, en tanto cuerpo humano, el lugar de una escritura? Desde las primeras caricias y las primeras miradas, cada cuerpo es el espacio de un tatuaje invisible que las manos del amor sabrán o no despertar. Nagiko necesita que escriban sobre ella, sin metáforas, ella es la metáfora de esas escrituras. Repudiará al marido que permanece ignorante de está escritura absoluta y remplazará un amante por otro en una fuga sin fin.

Es a través de Jerome que Nagiko descubre que además de ser escrita ella puede escribir. Ser pincel o ser papel, piel y falo, todo está listo para que con estos materiales podamos completar cualquier biblioteca legendaria. Romeo y Julieta es una de tantas citas implícitas en este libro.

Nagiko que ha sido escrita, escribe en Jerome y en otros hombres que vendrán. Aquí el relato abre una brecha que se precipita en una mise en abîme, Nagiko escribe en Jerome y nosotros, los espectadores somos escritos por la magistral caligrafía de Greenaway.

La escritura, metáfora de la vida, de la muerte y de la sexualidad que incluye a ambas, nos envuelve en cada página.

La hoja en blanco, la ausencia de escritura, la tábula rasa, es un mito. Siempre estamos ya escritos, por los deseos del otro, por los sueños que al soñarnos nos hicieron lo que somos y que nos ofrecen esta vida que llamamos propia a falta de mejor nombre. El palimpsesto nos devuelve siempre a una escritura anterior y es lo que posibilita otras. No hay comienzo; sólo hay continuaciónes.

Pero hay otros libros implícitos en esta película. El libro que el editor hace con la piel de Jerome luego de su muerte y que Nagiko intenta desesperadamente recuperar. Al generalizar la metáfora de la escritura hemos indudablemente perdido mucho de lo específico de este relato y que tal vez estábamos obligados a perder en el desplazamiento de tantas traducciones. No sólo de los distintos lenguajes aquí mencionados, sino del limite absoluto que representa para nosotros nuestra ignorancia del japonés. Aquí también estaremos siempre ante la irremediable pérdida de un original que nunca existió.

Pero nuestra formación psicoanalítica no nos permite abandonar el tema sin abordar otro aspecto que tal vez no cuadre demasiado con los límites que le hemos fijado a nuestro enfoque. Se trata de la historia del padre humillado sexualmente por el editor y que está en el centro de las reividicaciones de Nagiko y que sólo puede concluir con la muerte del editor. Queda flotando una pregunta en ese clima pletórico de sugerencias. El padre humillado, no es un fantasma fundamental de la misma Nagiko. Somos testigos de un intercambio sexual en una relación de poder, ¿cómo a partir de ahí Nagiko construye su propia versión? Salvar al padre impotente es una de las fantasías más recurrentes en las histéricas, que salvaguardan para sí mismas el papel de falo vengador.

Cualquiera que sea el valor de estos comentarios, somos el testimonio de una escritura fílmica, dérmica, gramatical, histórica, historizante, transgresiva hasta el crimen, que no nos ha dejado ni inmunes ni indiferentes. Gracias a Greenaway por haber sabido tocarnos, grabarnos, con su escritura.

Frida Saal. Diciembre 1997


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